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Nada queda al despertar
En mis últimas obras, la organización del discurso sonoro venía determinado como una expansión orgánica de un germen inicial. En este caso, el principio de construcción es justamente el contrario. En la primera articulación formal podemos observar un mayor protagonismo del saxofón (posteriormente lo tendrán la flauta y el piano) con un carácter intenso (appassionato ma espressivo), dará paso a una mayor importancia del espacio y, dentro de éste, a diferentes calidades tímbricas como elemento fundamental del entramado sonoro, hasta llegar a su disolución (Nada queda al despertar). Líneas (mezza aria) como horizontes suspendidos, recorren distintas dimensiones del discurso sonoro de la pieza, unas con carácter narrativo (con elementos que pueden resultar poéticos ), otras sin continuidad dialéctica; partes “suspensivas”, que actúan como articuladores formales donde, abolido el ritmo, aparecen una especie de islas de sonidos que emergen de las resonancias y se proyectan; presencia y recreación sonora de tiempos y espacios pasados (Scarlatti)… La obra está dedicada a mis amigos Ximo Ortega (flauta), Ricardo Capellino (saxofón) y Tomeu Moll (piano).