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Jauría | Tribuna Feminista
Durante casi toda mi vida siempre he pensado que el arte, al menos en sus vertientes más multitudinarias, como son el cine, o el teatro, que es el caso que hora mismo nos ocupa, era y es, un medio única y exclusivamente de ocio, de divertimento, de entretenimiento. Hoy no puedo decir lo mismo, sino todo lo contrario. Nunca he sentido tanta angustia en el patio de butacas, ni tanto ha sido el clamor y la ovación final del público asistente, como la que mi memoria es capaz de recordar en este preciso instante. Todavía tengo grabado a fuego los profundos suspiros, la dificultad al respirar, y la más que evidente incomodidad de la mujer que tenía sentada en la butaca, a mi izquierda. Sensación que creo que puede ser entendida y extensible a la inmensa mayoría de personas que llenaba el teatro el día que yo fui a verla. Con el corazón encogido, las lágrimas a flor de piel y los pelos como escarpias, es como se vive/se disfruta/se sufre -táchese lo que a cada uno le parezca- esta puesta en