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El pecado original | Tribuna Feminista
¿Cuál ha sido la consistencia del sopor que nos ha mantenido durante años en el fondo mismo de la tela de araña, inmóviles, resignadas, irritadas a veces, pero impotentes, mientras considerábamos que ese era nuestro único espacio posible? Que no había otro, que nuestras madres lo habían pasado peor y qué decir de nuestras abuelas: sombras en fotos amarillas invadidas por criaturas en escala infinita, ellas sentadas, acordes a su rol inane y los hombres de pie, sacando pecho al espacio público, desafiantes. ¿Qué pasaba por nuestras cabecitas cuando pensábamos que no habíamos tenido suerte, u osamos irrumpir en el lugar equivocado, y tropezamos, ergo, con la -las- persona(s) inoportuna(s)? Habíamos transgredido los marcos señalados en el suelo con firmes trazos rojos, las recomendaciones familiares, las reglas del juego tácitas o explícitas como tablas de la ley. El instante desesperado en el que olvidamos esa condición sine qua non tatuada en nuestras nalgas desde el paritorio, en la