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Acabar con la vida: esa dolorosa idea | Tribuna Feminista
Al menos cinco dedos de mi mano abarcan el número de mujeres amigas, o conocidas, que me han confesado que en algún momento de su vida han querido acabar con todo. Al principio reflexioné sobre qué extraña persona era yo para rodearme de gente así, tan parecida en el fondo a mí... hasta que descubrí que no, que lo que nos unió a todas en aquel negro deseo fueron heridas profundas y humillantes producidas y relacionadas con el mero hecho de haber sido mujeres: Sí, nosotras mismas, nada más. Escucharnos y escuchar a otras mujeres ha sido la salvación a nuestra condena. La perspectiva de la vida, según me contaban, repleta de catástrofes afectivas y sociales, y otros percances propiciados por el machismo, habían estigmatizado a estas mujeres del mismo modo que me había sucedido a mí. Ser mujer se convirtió, durante años, en una enfermedad social crónica, y para la que no teníamos cura. Mirábamos atrás y toda nuestra vida era pura inadaptación. Calificadas de raras, molestas, insatisfechas