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Sonríe por favor (I) - El Canto de Antoñetta
Cada vez le parecía más y más pesada aquella maleta. Era mediana, gris, rígida y con ruedas, pero arrastrarla por aquellos empedrados hasta la estación de autobuses era la condena por un delito que aún no había cometido. Sagrario marchaba todos los viernes en el autobús de las cuatro hacia su pueblo, una pequeña aldea de la comarca de Calatrava llamada Picón. No distaba mucho de su residencia de lunes a viernes en Madrid, donde …