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Liturgias de vida - El Canto de Antoñetta
[...] No pude por más que salir de allí corriendo hacia el baño y vomitar todo aquel jugo venenoso que me subía desde el estómago e incendiaba mi garganta. Manuel insistía en aprovechar nuestra juventud para formar nuestra propia familia, disfrutar con salud de la crianza de nuestros pequeños, descubrir juntos el mundo mientras aun tuviésemos inquietud por conocerlo y mostrárselo a ellos. Ahora no Manuel, no es el momento, le repetía yo, noche tras noche, mientras el portátil cubría mi vientre y cerraba la última presentación en ppt para la siguiente reunión de la directora con el CEO. Y Manuel decidió que necesitaba una familia que yo no estaba dispuesta a concederle en aquel momento, y se marchó con su maleta medio vacía y la cara llena de lágrimas escurriendo por sus mejillas, y su cabeza miraba hacia el suelo negando mi absoluta locura. Volvió a por el resto de sus cosas, no sé cuando, jamás me volví a cruzar con él. Ni una llamada más, ni un mensaje, ni un correo electrónico. Nada.[...]