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América no quiere ser inglesa - Fernando Díaz Villanueva
Los españoles tuvimos la inmensa fortuna de ser los primeros en llegar a América y volver para contarlo. A pesar de la distancia y de las limitaciones tecnológicas de la época, en menos de un siglo buena parte del continente americano se convirtió en el jardín trasero de la península Ibérica. Un jardín fabuloso, lleno de riquezas, oro, plata, tabaco y especias, pero casi imposible de defender. Miles de kilómetros de costa en dos océanos, mares interiores, golfos, bahías, atolones, archipiélagos, islas de todas las formas y tamaños, altas cordilleras, volcanes, selvas impenetrables, desolados desiertos, altiplanos que tocan el cielo, bosques infinitos, glaciares, ríos anchos y caudalosos, intransitables senderos… América era algo más que el Nuevo Mundo, era un mundo en sí mismo. Desconocido, fascinante y peligroso. Poblado de norte a sur por millones de personas, con civilizaciones avanzadas como la azteca o la inca, indígenas pacíficos y guerreros, caníbales abominables y tribus primitivas que vivían en el paraíso terrenal emulando al mismo Adán. En apenas cien años unos pocos miles de españoles se derramaron sobre aquella tierra, haciéndola suya. Unos, los más, para enriquecerse; otros, para evangelizar almas y ganarse con ello un puesto de privilegio en el cielo, [...]