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Uno no es famoso hasta que no aparece en un calendario para apadrinar mascotas. Es duro reconocerlo, sí, pero la vida es dura y las leyes que la rigen están forjadas en fraguas de mil vulcanos. Es esa ley de vida que hay que beber a grandes sorbos en pequeños vasos de los de dura lex, sed lex, que se decía antaño. Sin embargo, el que uno no sea célebre o siquiera reconocible tiene también sus cosas buenas como, por ejemplo, que se puede ser cualquier otra cosa mientras tanto. Ser o parecerlo, que el mundo de las etiquetas es algo inabarcable y al igual que el universo se encuentra en continua expansión como si de una cadena de supermercados se tratase. Somos la etiqueta que nos cuelga, como el champú o la ternera, pero sobre todo somos algo con fecha de caducidad, ingredientes, alergógenos y, si la ocasión se tercia, dos por uno. Resulta fácil observar cómo el afán por etiquetar cualquier realidad se ha extendido como una mancha de aceite de ricino alcanzando casi todos los ámbitos de