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El dilema de las editoriales. La columna de Francisco Micol. |
La vieja y lamentable historia de los grupos editoriales no empezó ayer ni tampoco hace veinte, treinta o cien años. La idea inicial, vamos a ella, parece lógica y hasta coherente. El cometido de una editorial que se precie de serlo, versa en sacar a la luz aquellos manuscritos que desde una óptica más bien subjetiva merezcan ser editados. Es decir, se convierten tales empresas en juez, jurado y verdugo. Supuestamente amantes del arte escrito, los editores, que hay muchos y muy pocos respetables, deciden, al mejor estilo de un cónclave cardenalicio, qué obras serán editadas bajo su solemne, dudoso sello, y qué otras no merecen ni ser leídas. Es lógico preguntar, y de justicia hacerlo, qué criterio manejan tales empresarios para tomar decisiones al respecto. Esta es la clave de todo un largo y tedioso proceso hasta la edición de un título (ya sea narrativa, poética o dramaturgia) cuya suerte, por extraño que parezca, dependerá de muchos intermediarios hasta que el mismo llegue al