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María Alcantarilla | José G. Granado
APUNTES PARA UN SOLILOQUIO Hablar de arte supone teorizar sobre una serie de preceptos que, para mi gusto, aún carecen de una silla fija o de una habitación propia. Quizá ahí resida parte de su carácter abarcador e indefinido, de su medula espinal zigzagueante. ¿Qué es y a qué responde? Lo vivo, que es el arte, está vivo porque no es invariable, ni en sí mismo ni en sus maneras de concebirlo o de llevarlo a la práctica. ¿Quién ha proclamado, a día de hoy, un corpus cerrado e intachable de repuestas? Es esto, sin lugar a dudas. Y, me temo, es imposible porque es en esa duda donde está la esencia. Sin la duda no existiría el conflicto que es, a mi modo de ver, el único motor y el más creíble. De mi parte, quizá me mueva con más soltura en la línea que ya trazara Burgin al afirmar que la actividad artística del adulto está hecha de la misma materia que la fantasía y tiene su equivalente infantil en el juego, entendido en toda su formalidad: el niño es serio en sus juegos y, por tanto, yo