interespr.com
La UIPR y las nuevas concepciones de excelencia para la educación superior
Por Dr. Rafael Aragunde Catedrático Recinto Metro Las universidades o instituciones de educación superior no pueden mantenerse en los márgenes. Esa no es su vocación, o por lo menos no es la que caracteriza a las universidades que observan alertas el mundo que les rodea y sus distintas dinámicas. Toda universidad que aspire a continuar siendo relevante, tiene que asegurarse de estar presente en los debates de los tiempos. Pero a veces esto no es suficiente y se hace imprescindible que las instituciones de educación superior se atrevan a adelantarse a los debates que están por darse. Aun cuando pueda haber resistencia entre los miembros de la comunidad universitaria o la iniciativa sea vista con incredulidad por aquellos que nos observan desde extramuros. La Universidad Interamericana de Puerto Rico cumple cien años de su fundación y tiene que asegurar, como otras universidades, su relevancia para el futuro. En un tiempo pretérito se pensaba que era suficiente pensar la universidad en términos de su nombre pues se creía equivocadamente que el término en latín - “universitas” – hacía referencia a la vocación de universalidad que llevaba a incluirlo todo en sus agendas educativas. Lo de universal le venía de haber sido en sus comienzos una organización obrera y “universitas” era como se conocían las organizaciones gremiales que creaban para defender sus intereses laborales aquellos artesanos y mercaderes que recién dejaban atrás el feudalismo europeo[1]. Naturalmente, que durante tanto tiempo nos hayamos creído que así era apunta hacia el convencimiento compartido de que entre nosotros los universitarios, todo, absolutamente todo, debía de ser objeto de estudio y discusión, lo que por otro lado debemos recordar que no siempre se ha cumplido. Se tiene que insistir, sin embargo, aunque sin sugerir que tal visión universalista haya quedado atrás – pues no se le puede dar la espalda a los afanes de saberes que aparentemente no tienen ninguna utilidad porque nos podemos llevar grandes sorpresas – que el debate se ha desplazado hacia una dimensión insospechada y desde luego resistida en algún caso. No hace mucho hablábamos de la búsqueda y ampliación del saber, conversábamos sobre la transmisión de esos conocimientos, y en décadas más recientes reclamábamos el servicio que le debíamos a la sociedad y nos imaginábamos que habrían nuevas ideas y nuevas formas de transmitirlas e innovadores modos de ponerlas al servicio de la comunidad. Pero lo que no nos planteábamos, ni de lejos nos pasaba por la mente, era que lo que tendríamos que confrontar sería lo que se conoce hoy como realidad virtual, un fenómeno técnico, tecnológico, económico y cultural, entre otras maneras de categorizarle, que se nos ha ido imponiendo no sólo como modus operandi, sino también como modus vivendi. Pensábamos que los planteamientos que había hecho Marshall Mc Luhan primero y los que luego, algunas décadas después, desarrollaran futurólogos como Alvin Toffler, hacían referencias mayormente a la sociedad y que sí, definitivamente, afectarían las instituciones de educación superior en algunos aspectos, pero jamás supusimos que el impacto sería como el que ahora experimentamos. Los universitarios estábamos seguros de que el conocimiento se ampliaría y que por lo tanto habría mucho más que transmitir; que se tendrían que identificar modos más ágiles de hacerlo y como resultado se podría servir mejor al país; pero las transformaciones que vivimos hoy en la educación superior no fueron anticipadas con precisión en los grandes debates sobre la educación superior que se dieron a lo largo del siglo pasado. Quizás las reflexiones de tres personas vinculadas a la gestión universitaria, pero además autores de importantes reflexiones en torno al tema, puedan ayudarnos a mostrar cómo no se previó la transformación. José Ortega y Gasset, quien tanto ha influido con sus escritos sobre lo universitario en países de habla hispana, no desconocía la importancia de la ciencia y lo que ésta podría significar para el futuro. De ahí que en El tema de nuestro tiempo escriba que ‘la ciencia que hoy se produce es el vaso mágico donde tenemos que mirar para obtener una vislumbre del futuro” e insista en que su “generación, si no quiere quedar a espalda de su propio destino, tiene que orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida”[2]. Algunos años más tarde en la Misión de la Universidad, Ortega se mostrará mucho más cuidadoso al referirse a la ciencia. Allí escribe que “lo que no es admisible es que se confunda el centro de la Universidad con esa zona circular de las investigaciones que debe rodearla. Son ambas cosas – Universidad y laboratorio – dos órganos distintos y correlativos en una fisiología completa. Sólo que el carácter institucional compete propiamente a la Universidad. La ciencia es una actividad demasiado sublime y exquisita para que se pueda hacer de ella una institución. La ciencia es incoercible e irreglamentable. Por eso se dañan mutuamente la enseñanza superior y la investigación cuando se pretende fundirlas[3]”. La cita es extensa, pero clave porque proyecta cierta ambivalencia con respecto a un fenómeno que sabía que iba adquiriendo cada vez más importancia. Sea como fuera, luego señala que “la Universidad tiene que ser, antes que Universidad, ciencia. Una atmósfera cargada de entusiasmos y esfuerzos científicos es el supuesto radical para la existencia de la Universidad”. Y después añade que “la ciencia es la dignidad de la Universidad … es el alma de la Universidad, el principio mismo que le nutre de vida e impide que sea sólo un vil mecanismo[4]. Cuesta trabajo no interpretar estas expresiones por lo menos como ambivalentes. Ya sabemos que Ortega describe al científico como “un bárbaro que sabe mucho de una cosa”[5] y para que no haya dudas conviene recordar que para él “la enseñanza de la cultura o sistema de las ideas vivas que el tiempo posee. […] es la tarea universitaria radical. Eso tiene que ser antes y más que ninguna otra cosa la Universidad”[6]. Lo que el filósofo madrileño propone es que la deliberación en torno a lo que las distintas disciplinas, saberes o materias generan como conocimiento es lo que le compete fundamentalmente a la universidad y que la investigación, la búsqueda del conocimiento en sí, es secundaria. Habría que ir a su importantísima La rebelión de las masas para familiarizarnos con el punto de partida de las concepciones de Ortega en torno a las dinámicas que corrían en su época para entender y hacerle justicia a su posición. A fin de cuentas, sin embargo, está convencido, como tantos otros filósofos de la Modernidad, que se puede detener la cada vez más amplia influencia de las ciencias y de la tecnología y lo que ellas traerían con sólo diagnosticarlo y con un poco de voluntad. Ignoraba, como lo ignoraba casi todo el mundo, las repercusiones que éstas tendrían, sobre todo en lo relacionado al desarrollo de las tecnologías de la comunicación. Le cito para evidenciar su juicio en torno a las ciencias y la tecnología. “Spengler”, nos dice, “cree que la técnica puede seguir viviendo cuando ha muerto el interés por los principios de la cultura. Yo no puedo resolverme a creer tal cosa. La técnica es consustancialmente ciencia, y la ciencia no existe si no interesa en su pureza y por ella misma, y no puede interesar si las gentes no continúan entusiasmadas con los principios generales de la cultura. Si se embota este fervor – como parece ocurrir -, la técnica sólo puede pervivir un rato, el que le dure la inercia del impulso cultural que la creó. Se vive con la técnica, pero no de la técnica. Ésta no se nutre ni respira a sí misma, no es causa sui, sino precipitado útil, práctico, de preocupaciones superfluas, imprácticas”[7]. En su valiosísimo libro en torno a la universidad, The Uses of the University, otro de los grandes textos del siglo veinte sobre el tema de marras, Clark Kerr, presidente en su momento de la Universidad de California y rector de la de Berkely algunos años antes, anticipa los retos de las instituciones de educación superior y señala que “las grandes universidades del futuro serán aquellas que se hayan ajustado rápida y efectivamente” a “las nuevas caras del cambio”[8]. Se refería al crecimiento que experimentarían estas instituciones, a los cambios en los énfasis académicos como resultado del desarrollo de algunas disciplinas, sobre todo en la biología, y la participación de ellas, a través del conocimiento, en lo que él llama la “vida de la sociedad”. Kerr sugería que era necesario mejorar el bachillerato, acercar las disciplinas, tal y como lo había planteado C. P. Snow en su importante texto sobre “las dos culturas”, y conservar un sentido de la excelencia, entre otros asuntos. Pero tampoco a Kerr le vemos anticipar la llegada de este mundo virtual al que nos estamos refiriendo. Y pierde de vista que C.P. Snow de hecho había sugerido que “la sociedad industrial de la electrónica, la energía atómica, la automatización, es en aspectos cardinales distinta de las que se han dado antes y habrá de cambiar el mundo mucho más[9]. Más cercano a nosotros y plenamente identificado con una de las corrientes de pensamiento más importante en el mundo contemporáneo, queremos insertar en la discusión al francés Jacques Derrida, autor de textos de tanta importancia como De la gramatología, Márgenes de la filosofía y La escritura y la diferencia. En un ensayo que le dedicara a la obra de Immanuel Kant sobre la universidad, El conflicto de las facultades, Derrida indirectamente reconoce la transformación que está sufriendo esta institución cuando plantea que “desde el momento en que la biblioteca no es ya el ideal de archivo, la Universidad no constituye un centro del saber, y además no puede ya representar ese centro”[10]. Aunque no hace referencia directa en este escrito al giro hacia lo virtual que estamos planteando nosotros, su evaluación de la biblioteca apunta hacia uno de los efectos de esta dinámica. Algunos años después, sin embargo, Derrida reconocería que la universidad ciertamente se transformaba por este fenómeno. “Una de las mutaciones”, escribiría, “que afectan el lugar y la naturaleza del trabajo universitario actualmente es una cierta virtualización des-localizante del espacio de comunicación, de discusión, de publicación, archivación”. Comprendía que la virtualización que se imponía, “nueva etapa ‘técnica’ de la virtualización” la llamaba y la describía como “información, numerización, mundialización virtualmente inmediata de la legibilidad, tele-trabajo, etc.”. Pues ella “desestabiliza el hábitat universitario. Conmociona su topología, inquieta todo aquello que organiza sus lugares …”[11]. Derrida, quien moriría en el 2004, reconocía que la universidad se redefinía. Precisamente, un reconocido discípulo de Derrida, Mark C. Taylor, profesor en la Universidad de Columbia en Nueva York, ha publicado en el 2010 un libro que titula Crisis on Campus, en el que plantea la creación de lo que llama la “universidad postmoderna”. Esta habrá de “negociar”, según él, no sólo la evidente transformación económica global sino “un mundo guiado por las redes de comunicación” (a network-driven world). Taylor insiste en que “los intereses locales deben ser dejados de lado para crear redes educacionales globales (global educational networks) que faciliten la producción de nuevo conocimiento y estimulen la libre circulación de capital intelectual y cultural”[12]. Hacia la universidad mundializada o globalizada, la universidad virtual, la universidad de las redes, la universidad de los acuerdos de colaboración, la universidad de los intercambios de estudiantes, de intercambios de facultad, la universidad con cursos en línea, es que nos venimos encaminando en estas últimas décadas, desde el desarrollo de la, o del Internet. Según acabamos de ver, no fueron muchos los estudiosos universitarios de renombre que tuvieron la capacidad de anticiparla. Ni en lengua castellana, ni en inglés, aquellos que nos dieron reflexiones muy importantes sobre lo universitario, nos prepararon para ella. Es el francés – argelino Jacques Derrida, entre los que la piensan, quien ya toma conciencia de lo que se avecinaba. Y uno de sus discípulos, en un libro que ha circulado intensamente en estos pasados meses en los EEUU, une su voz al coro de personas, que casi en su totalidad desde fuera de los círculos de educación superior, solicitan una reconstrucción urgente de las universidades de estos tiempos. Como tantas otras universidades, la Universidad Interamericana de Puerto Rico tendrá que plantearse las mismas interrogantes: ¿cómo identificar la excelencia en estos nuevos claustros, inmersos cada vez más en redes virtuales, redes que nuestros teóricos sobre lo universitario más importantes no pudieron anticipar? ¿Cómo estar seguros de que podremos deslindar la improvisación de las estrategias bien pensadas, tanto en los laboratorios, talleres de arte, seminarios, salones de clase como en las oficinas administrativas? ¿Cómo habremos de confrontar las legítimas necesidades financieras de las universidades en un mercado inmisericorde en el que no siempre se apreciarán las palabras altisonantes que tanto gustamos de repetir en la universidad sobre la búsqueda de la verdad? ¿Cómo hacerle frente a la presión interna que ejercen los que no renunciarán a esto último (los discursos altisonantes) mientras en otros ámbitos de la misma institución se planifica para no perecer a manos de lo primero (las necesidades financieras), que es lo que confrontamos externamente? Estamos ante unos retos extraordinarios. ¿Cómo confrontarlos? La respuesta que se dio a estas preguntas, cuando todavía no había redes virtuales, partían de los principios que Immanuel Kant había esbozado en su obra El conflicto de las facultades. Allí el alemán planteaba que los eruditos, es decir los profesores, son los únicos que pueden evaluar a los profesores y que por tal razón la universidad debe gozar de plena autonomía. En los comienzos de esta obra Kant escribe que “no tuvo una mala ocurrencia aquel que concibió por primera vez la idea y propuso que la misma se llevara a cabo públicamente, de tratar, por así decirlo, industrialmente todo el conjunto de la ciencia (lo harían las cabezas que se dedican a ella) dividiendo el trabajo; se nombrarían tantos maestros públicos o profesores como materias científicas, y convertidos en sus despositarios constituirían juntos una especie de institución erudita llamada Universidad (o Escuela Superior) autónoma (pues sólo los sabios pueden juzgar a los sabios como tales) …”[13]. Mientras que Derrida simpatiza todavía con los planteamientos kantianos, Mark Taylor difiere y plantea que la experiencia nos dice que a final de cuentas tiene que haber más auditabilidad y que sin ésta las universidades, como las conocemos, habrán de sucumbir. No se debe perder de vista que las acreditaciones académicas se basan en el principio de la evaluación de pares. Aunque existen cuerpos administrativos que tienen asignadas tales tareas, sus determinaciones dependen de visitas, diálogos e informes protagonizados y desarrollados todos por pares académicos. Es Kant quien todavía inspira estos esfuerzos. ¿Pero una vez que el conocimiento ha trascendido los muros de la universidad y no ocupa ningún lugar, ni puede ser reclamado por nadie como si se tratara de su propiedad privada, no cambia todo? Cuando Marshall Mc Luhan planteaba que el medio era el mensaje, o el masaje, según también sugirió, alegando que no sólo protagonizaría nuestros esfuerzos por saber más sino que le daba sentido a la cultura, lo que anticipaba era una modificación en los modos en que se identifica lo valioso. Lo que proponía era un ámbito de libertad amplio e inimaginable como hemos visto por algunos universitarios que habría de conmocionar las mismas bases de nuestras estructuras culturales[14]. Naturalmente, suponemos que él no traería a colación otro criterio de excelencia para el mundo de los medios que no fuera el de la plena libertad de éstos. Pero en lo que respecta a las instituciones de educación superior, ¿podríamos seguir su ejemplo? Seguramente el fenómeno Wikipedia pueda servirnos para atender el dilema. En Wikipedia, una biblioteca como la que Borges, que sabía de imaginarse bibliotecas, nunca se imaginó, se encuentran todos los temas. Algunos bien desarrollados, otros mucho menos. Pero no importa. Millones y millones de personas acuden al site en busca de información – saberes – que necesitan urgentemente. Algunos quedan satisfechos, otros no, pero la inmensa mayoría continúa regresando en busca de más. ¿Funcionaría mejor esta biblioteca virtual que es Wikipedia si se nombrara una junta – o un comité universitario - con el fin de evaluar lo que allí escriben miles y miles de personas y garantizarles a los lectores la calidad de lo que leyeran? Probablemente sus dimensiones disminuirían y la frecuencia de las visitas igualmente, por no mencionar la reducción inmediata que habría en las aportaciones, las cuales vendrían entonces sujetas a escrutinio de algún tipo, que a su vez volvería a limitarlas. Tal y como está, acoge errores, en ocasiones auténticos disparates, pero su agilidad, su disponibilidad, su apertura a nuevas e inesperadas maneras de entender la realidad y la velocidad y receptividad con que acoge más sugerencias, la hacen cada vez más atractiva. Sea como fuere, siempre se puede ir a otras enciclopedias, aunque pagando la mayoría de ellas, y consultar si se quiere, fuentes supuestamente más confiables. La universidad que se nos impone es aquella en la que se atenderán cada vez más las necesidades específicas de los estudiantes. Como se trata de una población adulta, mayor de veintidós años, y no la que caracterizó a las universidades del siglo veinte, de jóvenes que tenían entre diecisiete y veintidós, debemos sospechar que llega a la universidad sabiendo qué es lo que quiere, como quien va a Wikipedia en busca de información específica. Esa competencia en algún ámbito del mundo laboral que anda buscando no sólo le es urgente, sino que tiene que contribuir a su empleabilidad y, si posible, a ascender en rango en el empleo. Así que no se podrá dar el lujo de desperdiciar su tiempo ni de que los cursos o adiestramiento que reciba no cumplan con sus expectativas, expectativas desarrolladas a la luz de su experiencia en el mundo del trabajo y la competencia que allí ha experimentado. Él o ella por lo tanto se asegurará de que su formación universitaria sea de la mejor calidad posible. Y él o ella, podríamos decir, será quien se constituya en instancia evaluadora. A él o a ella le corresponderá el escrutinio. En la Universidad Interamericana no podemos darnos el lujo de ignorar que este nuevo o nueva estudiante, mucho más independiente que el que convivió hace cien años con nuestros facultativos en San Germán, o en otras universidades, mientras éstas se organizaban bajo el paradigma del fordismo, taylorismo o industrialismo, no se sentiría satisfecho pasivamente observando alguien repetir lo que él o ella puede leer, escuchar y observar por su cuenta a través de una pantalla. No tiene tiempo para asumir posiciones “bancarias”, “en que el único margen de acción que se ofrece a los educandos es el de recibir los depósitos, guardarlos y archivarlos”[15], según lo entendió Paulo Freire. Ese estudiante rechazará experiencias dirigidas a “enseñarle” y sólo verá sentido en una experiencia educativa interactiva. Así como dejará atrás una información en Wikipedia si ella no le prepara adecuadamente para el reto que confrontará en una evaluación, abandonará instituciones cuando éstas no sepan reconocer sus necesidades específicas. ¿Por qué habría de ser de otra manera si tiene la libertad para hacerlo? Probablemente continúe habiendo agencias acreditadoras que se valgan de pares para las visitas, las evaluaciones y los informes de rigor y la mayoría de las instituciones de educación superior continuarán cumpliendo con el proceso, pero debido al tiempo que hay entre visita y visita, cinco o diez años, las innovaciones ágiles y veloces que llevan a las instituciones a recrearse en muy breves periodos y para las cuales en ocasiones no se pueden encontrar pares que puedan evaluar adecuadamente, tales procedimientos de acreditación acaban siendo formalidades. No ocurre lo mismo en la relación entre la institución de alta enseñanza y el estudiante. Aquí no puede regir la formalidad que no garantiza el desarrollo interactivo e inmediato de destrezas. La libertad de selección se está convirtiendo en uno de los signos de los estudios universitarios. Tratándose de experiencias educativas postmodernas, cada vez más individualizadas, entre otras razones porque reconocen que no todos aprendemos de la misma forma, las universidades no tienen más alternativa que multiplicar sus ofrecimientos virtuales. Sólo de esta forma podrán garantizarles a los estudiantes la variedad de experiencias que éstos exigen. Bajo ninguna circunstancia se le debe temer a que no se estudiará tanto como se ha estudiado en otros tiempos o se estudia en nuestra época. De hecho, el acceso fácil a tanta información nos lleva de una fuente de conocimiento a otra, día tras día y múltiples veces durante el día, dentro y fuera de los espacios universitarios, ahora tan difíciles de definir. Como siempre, dependerá de los individuos, o de las organizaciones, si se aprovechan de ello, pero se debe decir que ya no se tiene que caminar a la biblioteca y cada vez se necesita comprar menos libros y desde múltiples aparatos, cada vez más pequeños, se puede llegar a la información que tanto estudiantes como claustrales pueden convertir en conocimiento significativo. Hace treinta años se decía que entre Europa y América había una diferencia que iba de seis meses a dos años, en lo que respectaba a ponerse al día en las ideas del otro. Era el tiempo que le tomaba a las revistas y a los libros recién publicados llegar al otro lado y no digamos nada de una isla en el Caribe. Esto ha cambiado drásticamente. En virtud de los medios de comunicación virtuales, hoy compartimos en “real time” la publicación de libros o revistas, las expresiones de humanistas y científicos, y los anuncios de investigaciones e inventos. Compartimos el mismo tiempo – el “real time”- con el resto del mundo y esto le impone unos usos a la sociedad global, como le impone a las universidades las suyas. Naturalmente no todas las universidades, ni todos los profesores, ni todos los estudiantes, se darán por aludidos, tal y como siempre ha sido. Algunos se aprovecharán; otros dejarán pasar la oportunidad de entrar en contacto con la mayor cantidad de conocimiento que jamás haya habido en la historia de la tierra y que sobre todo las universidades pueden poner a la disposición de sus comunidades. Fiel a su vocación de no mantenerse en los márgenes y sin perder de vista la más importante de las agendas humanas, que es la de la ampliación libre y crítica del saber, la Universidad Interamericana, así como toda universidad que pretenda ser de vanguardia, responderá a lo que les exige la sociedad, con experiencias educativas a tono con la sensibilidad y circunstancias de aquellos que buscan continuar ampliando sus saberes. Éstas y éstos serán los que, indirectamente, lograrán que se reconozcan las nuevas concepciones de la excelencia, las cuales estarán directamente vinculadas a la mayor o menor agilidad que ellas y ellos experimenten, presencial o virtualmente, en el proceso de continuar aprendiendo. [1] Haskins, Charles Homer, The Rise of Universities, 5th. printing, Ithaca: Cornell University Press, 1962, pp. 8 y 9. [2] Ortega y Gasset, J., El tema de nuestro tiempo, 13ra. ed., Madrid: Espasa Calpe, 1975, p. 26. [3]Ortega y Gasset, J., Misión de la Universidad, Madrid: Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1982, p. 76 [4] Ibid. [5] Ïbid., p. 71. [6] Ibid., p. 38. [7] Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, 8va. edición, Buenos Aires: Espasa Calpe, pp. 104 y 105. [8]Kerr, Clark, The Uses of the University, Cambridge: Harvard, 1995, p. 81. Traducción nuestra. [9] Snow, C. P., The Two Cultures, Cambridge: Cambridge University Press, 2008”, p. 30. Traducción nuestra. [10]Derrida, J., La filosofía como institución, Barcelona: Ediciones Juan Granica, 1984, p. 36. [11]Derrida, J., El porvenir de la profesión o la universidad sin condición, Puerto Rico: Editorial Postdata, 2002, p. 27. [12]Taylor, Mark C., Crisis on Campus, New York: Alfred A. Knopf, 2010, pp. 16 y 17. [13]Kant, Immanuel, El conflicto de las facultades, Buenos Aires: Losada, 1963, p. 19. [14] Ver Mc Luhan, Marshall, Fiore, Quentin, The Medium is the Massage, California: Gingko Press, 2001 y Mc Luha, Marshall, Understanding Me, Lectures and Interviews, Cambridge: The MIT Press, 2003. [15]Freire, Paulo, Pedagogía del oprimido, 34ta. ed., México: Siglo XXI, 1986, p. 72.