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Oye mi rugido, por John Queras | Belleza en vena
El último capítulo de Juego de Tronos ha provocado un nuevo, y es el enésimo, cisma social. Nada más terminar, comenzó en las redes sociales un incendio de fuego valyrio que, a día de hoy, continúa muy activo y lejos de ser sofocado. Miles de seguidores de todo el mundo le exigen a HBO que rehaga la temporada al completo y unos cuantos padres se arrepienten, o no, de haber llamado a sus hijas Daenerys. En definitiva, lovers y haters enzarzados en un cruento combate que poco tiene que envidiar a la batalla de los Bastardos o a las carnicerías vividas en la bahía del Aguasnegras o en Casa Austera. Es lógico. Después de casi una década recorriendo Poniente, desde las heladas tierras de Invernalia hasta las soleadas costas de Dorne, el final del viaje no podía gustar a todos. Pero más allá de traiciones, reyes sin corona, venganzas, muertos vivientes, dragones, familias malavenidas y juramentos no cumplidos, lo que es indudable es que el universo creado por George R. R. Martin ha marcado a