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Vuelta a casa
Le hice caso. Sucumbí a todos aquellos consejos que predecían un ahorro en combustible, una mejor vida social, comodidad a la hora de ir a comprar, no tener que madrugar tanto... Alquilé un piso y me compré varias mascotas: una tortuga, un canario y dos peces. La tortuguera, la jaula y la pecera eran grandes, pero aún así, el piso parecía vacío, pese a no tener demasiados metros cuadrados. La tortuga parecía hibernar permanentemente, el canario no sabía ni cuándo trinar y los peces no me ofrecían toda la compañía que esperaba. El ahorro en combustible quedó solapado por el alquiler de la plaza de garaje, la comodidad de ir a comprar había desaparecido al tener que volver cargada con las bolsas en lugar de traerlas en el maletero por cuestión de tiempo y el tiempo que podía dormir de más por la mañana, era menos que el tiempo que tardaba en quedarme dormida por las noches por el bullicio de vecinos o viandantes. En cuanto a la vida social, tenía unos vecinos cuyo tema de conversación no iba más allá del parte meteorológico de la semana y para tener conversaciones largas con mis amigas, tenía que desplazarme. Así que terminé por volver a mi aldea, donde no me sentía encerrada como una mascota, donde siempre hay temas de conversación y los pájaros me despiertan con sus trinos. Donde cada día huele distinto y los colores varían de una estación a otra.