signoeditoresliteratura.es
Vendetta
Solía pensarle, y aquel día no le esperaba. Apareció sin más. Le sobraron tres minutos del reloj y me los dio. Qué detalle. No hizo falta escena porque, a veces, -tantas veces- whatsapp sabe ser ventana. Y le vi sonreír al otro lado con la impotencia del que sabe que contra mí siempre pierde, y la pena de quien sabe que yo también suspiré. Le dolía el recuerdo, cosa que me alegraba. No habló de tiempos, pero siempre he sabido que reírse de todo es su forma personal de hacerse ver melancólico. Y yo, que tengo melancolía en las venas para cien vidas, suspiré de nuevo con un latido de esos que ponen parche al cuerpo improvisado que me envuelve. Fui directo. Él cruzó cuatro frases, a cual más estúpida. Estaba intentando huir y yo dispuesto a permitirlo, porque aquello ya hacía mucho que no encajaba en huidas. Era un desahucio. Una patada en la espalda de las que tiran de boca al suelo todo el empeño en los charcos. Y allí le dejé. En el "buenas noches" que vendía queriendo ser indiferencia pero ahora era un recuerdo en su mesita de noche. Sé que tuvo que verlo al girarse a apagar la luz. Y si no le dejó dormir, mal que me pese, me alegro.