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Méjico blues
Anochecía en ciudad de Méjico y el bullicio de la calle se oía a través de la ventana. Llevaban un mes viviendo en un departamento prestado y sin teléfono, a salvo de las impacientes llamadas de Pedro Crespi, su editor en Buenos Aires. Tenía todo lo necesario para encerrarse como cartujo a escribir la gran novela que llevaba una vida rondando por su cabeza. Su vieja Smith- Corona, cartones de cigarrillos y una buena reserva de "el antiséptico", un ron casero que destilaba su amigo Plinio Apuleyo en alambique de alquimista. Sería una historia mágica y aún no contada, la historia que el Caribe y toda Latinoamérica tenían años susurrándole, y que iba a escribir siguiendo los pergaminos que un gitano con dentadura postiza y manos de gorrión le entregó en un mercadillo de Santa Fe. Con su inteligencia casi clarividente, su mujer Mercedes encauzaba aquel torrente creativo y mitigaba con vallenatos improvisados el zarpazo de la nostalgia. Mientras servía el sancocho para la cena le lanzó una amenaza tan sosegada como firme. - Gabito, estoy harta de apreturas, si esta novela no tiene éxito te mando a la mierda. Estuvieron juntos más de 50 años.