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El explorador
Tumbado de espaldas en algún punto del desierto de Libia, espero la muerte mirando al cielo —que parece de celofán—. De pronto, una nube negra como lomo de ballena rompe el horizonte. La espero de pie, las piernas abiertas para afianzarme mejor sobre el mar de arena (como Cristo sobre el lago Tiberíades), la nube pasa y me sobrepasa sin mojar mis labios cuarteados; la sigo durante horas, a través de las dunas, dejando huellas fugaces. Al cabo llego a un palmeral que esconde un oasis: un punto verde y umbilical en el desierto. Quizá sean las marismas de las tortugas de que habla Ptolomeo, o el oasis de Zerzura. Un alminar se yergue entre los jardines borrachos de aromas diferentes, y el almuédano eleva su plegaria al cielo de celofán. La nube se para y extiende hasta el vergel una cortina de agua; abro la boca, bebo, el agua sabe a azahar y a espliego; me lava la cara de arena y lágrimas y bruñe mis ojos quemados. Sí, es el lugar, el que tanto busqué. Allí de pie, con el alma empapada, decido cometer el pecado más abominable de un explorador: quedarme para siempre y callar.