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Antianira
Antianira creyó en él apasionadamente como creen los conversos, con esa espantosa certeza de que el paraíso es un lugar que se puede conquistar. No vio en su sonrisa la delicada mueca, la insignificante línea oblicua, ese bies ajado que vaticina lo innombrable. Regaló gozosa su custodiada virginidad como las amazonas, en combate de pares, sin ambigüedades. No vio en su galantería la agridulce ranura que acanala espumas de vileza. Hiló, tejió, bordó las sedas de su atavío como lo hacían las antiguas diosas del hogar. No vio en su brío ni el más escondido destello de la filosa daga. Arrancarse los ojos fue la última prueba de amor .