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Volver a empezar
Es curioso cómo nos comportamos cuando estamos en un ascensor con alguien que no conocemos. Desde luego el chico es guapo y él lo sabe; lo he notado nada más verle entrar y por la forma de mirarse en el espejo. Yo, que soy muy tímida, intento fijar la vista lo más apartada posible y en lugar de entablar conversación observo como una estúpida el cuadro de mandos: seis, cinco, cuatro...Acto seguido me miro los zapatos mientras me pregunto: ¿Se fijará en mí? ¿Le gustaré? Creo que me mira, lo puedo intuir a través de su reflejo en la puerta de metal. ¡Dios, que nervios! Al salir me dedica un hasta luego con sonrisa incluida y yo respondo de la misma manera añadiendo un rubor a mis mejillas. Me paso todo el santo día pensando en él mientras me devano los sesos en la biblioteca de la Universidad. ¿Quién me mandó a mi retomar los estudios? Al llegar a casa le doy al seis y el ascensor sube con mi única compañía. Me pregunto si tengo un nuevo vecino o si solo estaba de paso. Joder, si me lo encuentro otra vez mañana sería un puntazo. Al abrir la puerta del ascensor me quedo petrificada: el chico misterioso, el guapo, el de la sonrisa, está en el umbral de mi puerta con una nota y una foto sujeta en su mano izquierda. Me acerco, parezco gelatina en un terremoto, a duras penas consigo leer lo que pone: Hola Laura, tranquilízate, sufriste un accidente y ahora tienes amnesia temporal selectiva. Estos de aquí somos nosotros en nuestra luna de miel. Pasa, siéntate y te cuento el resto.