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Un pequeño detalle
Lo veía salir de casa cargado con sus maletas de viajante. Mamá lo acompañaba hasta el coche, advirtiéndole que condujera con cuidado. Se abrazaban, luego él se ponía en marcha y ella se quedaba mirando hasta que desaparecía al final de la calle. Cada día nos llamaba desde un sitio diferente. A mamá le hablaba de lo bien que iban las ventas y ella se preocupaba por dónde pasaría la noche. A mí me preguntaba por el cole y si ayudaba en casa. Unas semanas después regresaba, siempre con algún detalle como regalo: para mí un cómic o algún coleccionable, para mamá unos pendientes, un bolso… La última vez le trajo un colgante, pero a ella no le gustó. Se encerró en el baño a llorar como nunca la había oído. Mi padre se metió en el coche y se alejó de allí a toda prisa. «Como alma que lleva el diablo» ―explicaría después mi abuela, la madre de mi madre. Yo no entendía nada. El colgante me parecía muy bonito; era igual que el que llevaba, en las noticias, una mujer que llevaba varios días desaparecida.