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Sueño y arte
Una vez más, me había tocado el turno de cierre en la galería. La boca se me sellaba cada jornada tras siete interminables horas de recorrido por las diferentes salas con cara de pocos amigos. De repente, un asiento más rígido que un muerto, pero el paraíso ante mis ojos, me ofrecía el descanso divino. El silencio retumbaba en aquellos elegantes muros, y eso me recordaba que la galería había despedido ya a los visitantes. De pronto, unos pasos en la sala número cinco. El tiempo y el espacio eran ya inertes. Las risas de un grupo de ninfas coqueteaban con un joven Enrique VIII, que para no perder las buenas costumbres, había saltado desde su retrato, abandonando a una desconsolada Catalina de Aragón. La locura me sumergió aún más cuando el agua proveniente de uno de los cuadros más grandes de la sala, me mojaba el pie izquierdo, seguido de las quejas de una anciana que se lamentaba de sostener su jarrón por más de dos siglos. Fue entonces cuando abrí los ojos en aquel asiento empedrado y me di cuenta que había dejado caer mi botella de agua y mi estrepitosa imaginación.