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Soy idiota pero me compensa
Si escribo esta crónica, no cambiará nada. Habré contado que los apoderados de la Cultura no quieren que les hagamos competencia y tratan de obstaculizar las iniciativas artísticas en las que no puedan meter su escudo, su concejal y su sello. Los más arrojados dirán que la declamación de los poetas molesta a los clientes de las terrazas, que no pueden concentrarse en el partido de fútbol, o que las lecturas callejeras no permiten a los viandantes enajenarse en la contemplación de los escaparates, incitándolos, incluso, a entrar en las pocas librerías que quedan. ¿Qué clase de gente prefiere la cultura a los fiestorros, al día de la tapa, a la fiesta del ron, de la cerveza? ¿Qué clase de ser humano se perdería esas ‘Ramas’, todas igual de ancestrales, las sagradas procesiones, el Ronrock, el Ronjazz o el Ronrón —aunque luego tengamos que gastar un pastón en prevención de drogodependencias—. Ahora vendrá quien diga que miento, que sí que se apoyan las iniciativas culturales independientes, pero llega tarde porque ya no estoy, me fui a la bajada de la Rama, una que no baja de ningún sitio porque voy a buscarla al camión de la corporación, y lo que es peor, que no nos lleva a ninguna parte mas que a las puertas de la iglesia, que es mucho peor que el furgón del Ayuntamiento. Como colofón de tan atávico encuentro, un concierto cultural de los 80. Sí, ya lo sé, puedo escupir lo que quiera que no va a cambiar nada, pero ¿y lo a gusto que me quedo? A mi, desde luego, me compensa