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Sorolla
Aquel día necesitaba un milagro, miré el busto blanco de Sorolla y me pareció que esbozaba una tímida sonrisa. Una lluvia fina empezó a caer sobre el jardín y el agua cantarina de la fuente tocaba la música que un día compusiste para mí. Dentro de la casa contemplé los cuadros del maestro, mientras los tres niños jugaban al escondite por todas las habitaciones, escuché sus alegres risas. Olía a mar y el viento movía mi pelo, entonces lo vi, vi el milagro. Ahora que soy un fantasma veo que el milagro se produce todos los días cuando el sol sale del mar. Y a lo lejos, en la playa estamos ellos y nosotros.