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Sarcoteo
“Tiene destreza de colibrí”, observó la flor. Se sintió saludada por el abejorro, y le contestó con un colorido “hola”. Su atención, dibujando una suave onda, encontró entonces a la ardilla. Le pareció la elegancia hecha cuerpo. Comía una bellota, y a la flor le pareció bonito; y la forma como yacía, sublime. Estaba tirada sobre el suelo, de lado, repartiendo su peso entre costillas, cadera y tobillos. Su barriga miraba a la flor, aun cuando sus ojos apuntaban al fruto que la alimentaba. Era hermosa. Y se la veía feliz, valga la redundancia; ociosa, se dejaba acariciar por cada gustoso pellizco de bellota. Parecía, pensó la flor, aquel dios griego que yacía sobre su costado mientras aguantaba una copa de vino. ¿Cuál era su nombre? La flor ardía de deseos de ponérselo al animalillo. Frío. El paisaje empezó a precipitarse, acompañando a la flor en su caída. Hasta el límite, y se estrelló contra la hojarasca. La ardilla salió corriendo, asustada por el ligerísimo estruendo. La noche, como un fantasma, bostezó y lo abrazó todo. “No, por favor”, lloró la flor, y Pétalo esculpió el rocío, una lágrima en él: fugitiva, como viva. Entonces me encogí, testigo de la muerte, y sentí la agudeza de mi carne cortada. Y pude ver a Satanás, saboreando, gozoso, lo que un momento atrás había sido mi alma.