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Quemar las naves
Prendimos fuego a nuestros barcos, pero no ardieron. Habíamos decidido quemarlos para evitar la tentación de abandonar la batalla. Llevamos las antorchas crepitantes de una nave a otra nave. Pusimos lumbre por proa y por popa. Pusimos lumbre bajo las cubiertas. Pusimos lumbre alrededor de los mástiles. El resplandor del fuego iluminó la playa entera. Contemplamos cómo las flamas danzaban sobre nuestras embarcaciones sin lograr consumir los materiales que las componían. La madera y la tela se mostraron totalmente resistentes a la ferocidad del fuego. Los dioses les concedieron una invulnerabilidad milagrosa. Entendimos que se trataba de un presagio dirigido a nosotros. Después que el incendio se extinguió hambriento, abordamos las naves y partimos de regreso a la patria, resignados a la derrota antes de combatir.