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Que ganas tengo
Que ganas de volver al pueblo me dieron. Que caiga nieve de madrugada y quedarme con la boca abierta mirando el cielo en el comedor mientras todos duermen. Que ganas de tener de nuevo once años; que mis padres duerman profundo y eso me de la tranquilidad suficiente para sentir que todo lo puedo. Confiar ciegamente en el futuro del mundo. Sentirme abrazado por el tiempo. Que no haya distancias en la noche. Que todo se sienta cerca. Abrir la puerta de ingreso a la casa un momento para que entre la helada, respirar el frío, dejar que el viento me corte unos segundos la cara. Cerrar despacio la puerta, caminar por el pasillo sigiloso sin hacer mucho ruido, para ir a mirarlos dormir a todos un rato; sonreír porque se que al despertarme mañana van a estar ahí. Que ganas tengo de que el viento haga lo suyo: escuchar el sonido de las ramas de los árboles golpeando el techo, sentir sus soplidos entrando por las rendijas de las puertas hinchadas por la escarcha. Que ganas tengo que mi padre se levante a tomar agua medio dormido, abra la heladera, mire que hay para comer adentro durante un rato, la cierre y me vea observar a través de la ventana una pequeña porción del mundo con ojos de niño. Que ganas de que se acerque y miremos como todo se viste de blanco sin decir una palabra, solo contemplando la experiencia de estar latiendo juntos. Que ganas de volver a tener once años y que mi padre esté vivo y nos acordemos de algo que nos haga volver a pensar en todo lo que fuimos una vez.