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Por una vida mejor
Coge el broncodilatador de la riñonera, hecha a mano por su madre ya difunta. Siempre le decía que debía tener cuidado con las amistades tóxicas; nunca supo cuánta razón tenía. El cáncer de páncreas destrozó su humilde sonrisa inquebrantable. Incluso, en los últimos segundos de vida, pudo sonreír a su problemático hijo. . Tira el inhalador al barro. La lluvia y el ejercicio físico intenso no dan tregua a sus bronquios. No se puede permitir parar. . Dos hombres y una mujer, ocultos con máscaras, lo acorralan en el último callejón del polígono. ⎯Vaya, vaya. ¿Y nuestro dinero, Ángel? El chico levanta las manos ante la impetuosa mirada del láser sobre su pecho; los pulmones agonizan. Vuelve a abrir su riñonera, mostrando un delicado montón de billetes esmeralda. ⎯Así me gusta ⎯le dice la mujer depredadora mientras le agarra del cabello⎯. Has sido muy travieso... ⎯¿Qué pretendías hacer? ¿Pirarte tú y tu hermana? ⎯Solo quería… darle lo que nunca tuvo… ⎯exhala Ángel llevándose la mano derecha al corazón⎯. Y sacarla de la droga... Y lo he conseguido. ⎯Qué ingenuo… Quizá tu hermana pueda sernos útil aún, pero me temo que tú no. No es necesaria la sangre. Ángel, sonriendo por última vez, igual que su madre, se desvanece entre enemigos. Sus pulmones acaban de fusionarse. Se oyen gritos de rabia al descubrir que el dinero es falso. La hermana de Ángel esboza, desde el avión, una sonrisa de agradecimiento eterno.