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Peso muerto
Se tiró de un tercer piso. A la familia le costó entender que las cosas a veces se solucionan así. Antes había comido con ellos pescado y patatas al horno con una copa de vino; de postre un yogur sin azúcar y una onza de chocolate. Se despidió anunciando que hoy estrenaba la terraza de su nuevo apartamento. Tomar la decisión no fue difícil, lo complicado fue elegir la forma de saltar. Pensó en hacerlo de cabeza -sería más rápido-, pero el déficit de altura comprometía la verticalidad; toparía con la cara e inmediatamente después el cuello se doblaría hacia atrás, partiéndose. No, aquello, no. Tenía que hacer algo digno por una vez. Descartó también caer de pie. Acabaría con las piernas rotas o abiertas del todo, en un impecable spagat, pero con los tendones y genitales desgarrados: la solemnidad del gimnasta a ras de suelo. Si lo hacía de costado podía parecer un plátano; brazos y piernas por encima del tronco. Y nadie quiere morir pareciendo una fruta. Decidió, pues, dejarse caer de espaldas, como en aquellas sesiones de trabajo en equipo y sabiendo que, de nuevo, nadie iba a agarrarlo. Disfrutaría, al menos, de unas magníficas vistas al cielo. Siempre quiso imaginar que, si antes de saltar había de ver pasar ante sus ojos la película sobre su vida, esta podría ser algo así como la del protagonista de “París, Texas”, desapareciendo al final, dueño de su destino. Salió a la terraza y subió a la barandilla. Estaba tranquilo y en paz. Luego se tiró e hizo plaf, como una fruta.