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Paso al frente
Estaba prohibido hablar con el enemigo, pero las noches en el frente eran eternas. Tras dudar muchos días, yo que siempre vigilaba la trinchera más peligrosa, decidí romper aquella norma y empecé a lanzar chinas a la zanja más próxima. La noche siguiente acordé con el soldado que la vigilaba el primer intercambio: él me pasaba tabaco cultivado en su zona, yo papel de fumar que abundaba en la mía. Cigarro a cigarro, fuimos conociéndonos hasta descubrir que casi éramos familia. Días después él empezó a recitar a Manuel Machado y yo me animé con su hermano Antonio. Guardia tras guardia fuimos intimando hasta que una noche él empezó a hablar, y a dudar, sobre un hipotético futuro lejos de allí. En aquel momento para mí terminó la guerra. Abandoné mi armamento y salí a zona prohibida. Varios pasos después lo vi por primera vez y sin necesidad de explicaciones nuestras bocas se encontraron. Y aunque sabía que decenas de armas apuntaban a nuestra zona, juraría que aquella noche los fusiles descansaron y un aplauso silencioso nos acompañó cuando huimos de allí cogidos de la mano.