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Nosotros tres
Quiso el destino que ocurriera durante una tarde gaditana, frente al puerto, aquel encuentro azaroso de nosotros tres. Al llegar al bar del muelle he salido por momentos a la terraza y allí estaban ellos –un libro de poemas y una botella de buen Jerez– solos, en la mesa junto a la baranda, envueltos en silencio y soledad. Éramos tan diferentes pero iguales a la vez, nosotros tres. Y es que siempre he sentido que los libros y el buen licor me llaman, no sé por qué. Y que lo hacen además con ese lenguaje que sólo ellos y yo entendemos. Tal vez se deba a que compartimos nuestro gusto por la buena compañía y también por la soledad; sólo una de las dos, nada en el medio, es o no es. Lo cierto es que se alegraron al verme, y con ese gesto que únicamente los espíritus apacibles solemos comprender, me invitaron a su mesa, y compartimos el resto de la tarde, nosotros tres. Me han contado que llegaron de la mano de unos amigos, pero la vida presurosa que parecen llevar todos en estos días, los hizo partir apurados, con afán, y los dejaron olvidados allí –al libro de poemas y al brandy– abandonados a su suerte. Benditos sean, he dicho. Benditos sean ellos y nosotros tres, porque desde ese día ya no hubo tardes que no pasáramos juntos mi alma solitaria, la poesía y el Brandy de Jerez.