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No era el eco
El niño, como era muy dado a la lírica de los sones de viento y a la contemplación del paisaje, cada tarde se acercaba al acantilado y tocaba aleluyas inventadas con su zampoña. Lo que más agrado le causaba era cuando, algunos días, el eco le devolvía su tonada, pero como venida de muy lejos y con las notas cambiadas. Más hermosa y refinada. Al otro lado del mundo, le pasaba lo mismo a otro zagal que, a cada amanecida, se asomaba a la playa a tocar trovillas improvisadas con su ocarina. Su felicidad era plena cuando, de cuando en cuando, escuchaba cómo el eco le devolvía su melodía, como muy lejana y con distintos acordes. Más dulce y emocionante. Ninguno de los dos sabía que en el mar no hay eco. Pero sí unos vientos perpetuos que atraviesan el océano cada día, de extremo a extremo, arrastrando con ellos los más bonitos sonidos de las orillas.