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Nieve roja
Nevaba y el ejército croata llevaba semanas acampado en aquella posición a apenas unos cientos de metros de los serbios. Hasta aquel día, el capitán Loncar había conseguido mantener con vida a aquel puñado de muchachos inexpertos pero la suerte abandonó a Drazen aquella noche de invierno. Había estado con ellos desde que abandonó su casa diariamente sobrevolada por cazas con dieciséis años para alistarse a luchar con sus amigos. Celebró con ellos las victorias bebiendo y disparando al aire en el campo de fútbol municipal. Escapó de la muerte gracias al veterano sargento Zarco, que ametralló sin piedad a una anciana que escondía una granada bajo su delantal mientras esperaba paciente el paso del blindado en el que viajaban para hacerlo saltar por los aires. Sobrevivió a las balas, a las bombas y a la guerra como un valiente hasta aquella maldita noche de invierno en que se alejó unos metros del campamento para orinar. Necesitaba hacerlo con frecuencia por culpa del frío. Cuando terminó, se subió la cremallera con dificultad con las manos enguantadas y se dirigió somnoliento hacia la colilla que brillaba a lo lejos en la boca del centinela. Desorientado por la oscuridad y la nieve, el desgraciado confundió el camino y se dirigió directamente al campamento serbio donde fue ametrallado sin piedad horas antes de que acabara la guerra. Cuando cierra los ojos, el capitán Loncar todavía puede ver su cuerpo sin vida en un charco de nieve roja.