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Mi imagen pasajera
Jamás he cruzado los límites del lugar donde nací y por eso me gusta contemplar el paso de los trenes, siempre desde el mismo montículo, a escasa distancia de las vías. Conozco de memoria los horarios y acudo puntual a cada cita. Para ello, elijo los pastos de los alrededores, procurando no alejarme, Hoy el aire es diáfano, mis ovejas pacen descuidadas, a salvo de cualquier peligro. Me llega el sonido familiar y atisbo el convoy, que se acerca reptando como un reluciente animal. Mientras veo aumentar su tamaño, pienso en toda esa gente que se traslada de un lugar a otro, a veces lejano, con la naturalidad que impregna la rutina, sin miedo a lo desconocido, y siento una profunda envidia, aunque sé que jamás me atreveré a imitarles. De repente, la máquina aminora la velocidad hasta detenerse al llegar a mi altura y, durante unos instantes, puedo contemplarme reflejado en la luna tintada de la ventanilla de un vagón, como un pasajero más. Permanezco inmóvil: conteniendo la respiración, reconozco mis facciones y mi indumentaria, el morral al hombro y el cayado aliviando mi peso, el ademán expectante, saboreando ya la experiencia desconocida, pero placentera, del viaje. El tren reemprende la marcha y se pierde en el horizonte, llevándose consigo mi imagen, mi imagen pasajera.