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Martita
—¿Qué pasa? ¿Por qué no tragas? —Es que se me hace bola, mamá… —Pues mastica. —Es que quema… —Pues sopla. —¡Es que no puedo…! —¡Pues ya tienes cena! —sentencia Teresa, al tiempo que le suelta una firme aunque derrotada colleja a Martita, quien consigue escupir la pelota de comida gracias al certero cachete de su madre. Marta H. Cañizo tenía cuarenta y tantos, se encontraba en una reunión y se le coló en la cabeza la imagen de esas largas sesiones de almuerzo que su madre empleaba con ella para que probara bocado. El caso es que el señor Otero, CEO de la empresa tecnológica para la que trabajaba, la estaba sometiendo a un tercer grado, es decir, la típica reunión ejecutiva… —¿Qué le pasa, Cañizo? ¿Por qué no cerró el trato? —Es que no lo termino de ver, señor O… —Pues lo hace y punto. —Es que hay muchos cabos sueltos… —Pues es lo que hay. —Es que me falta información y creo que hay algo al límite de la legalidad sobre el coltán que… —¡Pues deje de creer cosas o se va a la calle! Marta se sentía Martita en aquella firma, pero, lejos de escupir lo que no le gustaba, siempre acababa tragando… De nuevo, vino a su mente la figura de su madre. Quizá porque recordaba que siempre estuvo presente por dos, se esforzó por dos, pero a la que criticaban por preferir estar sola antes que con «malo conocido»… Meses más tarde, desde Ruanda, Marta informaba a su jefe de que el trato estaba cerrado y que le enviaba la documentación por mensajero: —¿Señor Otero? Tenemos una orden de registro.