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MAYO EN GRIS
Era en días de mierda como ese, con el cielo plomo y el alma encogida, cuando no me apetecía hacer gran cosa. Solo mirar por la ventana. El viento racheado peinaba la hierba que cruzaba en diagonal los campos y los conejos más audaces corrían hacia las madrigueras. -Qué felices vosotros, ignorando lo demás-dije alto en la habitación. Enseguida apareciste en el umbral. -¿Ignorando el qué? Te miré un segundo. De nuevo giré los ojos a las tierras sembradas. -Todo. Tu belleza. Tu juventud. Lo que nos separa. -¿Y qué nos separa? -on tantos elementos que no sabría ni por dónde empezar. -Dime. Volví a mirarte, esta vez con más intensidad. Estabas perfecta con el pantalón azul gastado de campana, la camiseta blanca y el pelo negro rizado y alborotado de los veinte años. -Bueno, ya te doblo la edad y ¿sabes? Para mí es muy duro no poder olerte. No poder cocinar contigo tomando una copa de vino o tener sexo al llegar del trabajo. -Pero eso ya lo hacemos. -Sí, pero de distinta forma. Desde aquella vez no he podido quitarme este agujero negro. Me resulta tan jodido. -Eres un loco romántico. Deja de decir tonterías. Reíste. Una risa limpia, traslúcida, que por segundos me aligeró de la carga. Un relámpago rompió por la mitad la masa de nubes. -Tengo que irme-dijiste, comenzando a descomponerte en partículas de humo y esfumarte como los sueños. -Lo sé. Restalló el trueno. Corrieron por los cultivos los últimos animales rezagados. -Hasta mañana-dije, cuando ya te habías ido.