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MALA HIERBA
Nadie se esperaba que un imponente piano de cola pudiera brotar en medio del huerto del abuelo. Pensamos en talarlo, pero las tomateras empezaron a trepar por él como si lo conocieran de toda la vida. Cuando llovía, las gotas golpeaban sus teclas interpretando melodías que borrajas, cardos y berenjenas agradecían como abono milagroso. Los hortelanos más viejos enseguida desconfiaron de la extraña planta. Una noche de luna menguante deshicieron el piano a hachazos y lo quemaron sin que nadie pudiera detenerlos. La tierra guarda memoria, siempre lo he sabido. Desde entonces apenas ha llovido y la mala hierba invade toda la huerta, no hay manera de eliminarla; las corcheas y semifusas son las más difíciles de arrancar.