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Libertad
Las rutinas me ataron de manos, pero no me quejaba; tenía a mi alcance todo lo que pudiera desear, menos la libertad. Era prisionero de una vida, en la que la improvisación no tenía cabida. Hasta que apareció ella, con una sonrisa capaz de liberar a un batallón. Cada uno de sus pasos, lo iluminaba con la magia de sus sueños. Me parecía tan imposible ser un alma tan libre, en medio de un mundo de dinámicas repetidas, una y otra vez. Ella no era igual al resto. Ella era como ese faro que ilumina a los marineros, en medio de la oscuridad, en su arribo a la costa. Eso era para mí; ese primer intercambio de miradas, fue mi desembarco a la libertad, a vivir entre su maravillosa sonrisa y su dulce mirada. Me enseñó a vivir cada día con intensidad, sentir cada una de las pequeñas cosas que rodeaban nuestro mundo y respirar en medio del caos de la tormenta. Nos emocionábamos con lo inesperado y cumplíamos con lo agendado. Su sonrisa solucionaba todo; nos entregamos el uno al otro y nos convertimos en el perfecto complemento de polos opuestos; aún así éramos libres. Su amor era mi alivio; pero sabía que no era infinito. En ocasiones, se lo decía; ella me daba un coscorrón y respondía: “¡No te comas la cabeza! No sabemos lo que sucederá mañana, pero siempre estaré. El miedo no tiene cabida”. En su último aliento, se despidió con un beso tan liberador que ni una lágrima se le escapó. Mi consuelo fue que ni el cáncer más abominable acabó con el hermoso dibujo de su sonrisa.