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La vida es sueño
Cuando consigo mantenerme despierto, aunque no lo creas, te sueño y me sueño. Eso sí…, de dormido, te olvido, ni siquiera te veo. El insomnio se adueña por lo tanto del espacio absurdo que ocupa mi tiempo, que ya no es tuyo, ni tampoco es del todo mío. Te sueño y me sueño, cuando soy capaz de pensar, pero si me relajo —si me abandono— te pierdo, te ignoro por completo. Y ya estoy harto de pensar, de inventar, de imaginar. Estoy harto de la continua vigilia que no me deja dormir, que no me deja en paz. Suena el despertador y lo miro con desdén, como si odiara su presencia, no tanto por su estridente sonido, sino porque me recuerda, a fin de cuentas, que debería dormir. Sí, debería dormir, lo sé; y romper, de paso, con esa ingrata conciencia que me condena a pensar en ti a todas horas, pero me da miedo dejar de soñar y perderte de verdad. Si abro los ojos veo la luz, si los cierro, sólo existes tú. Ahora entenderás que no pueda dormirme del todo; aunque es muy difícil cerrar los ojos y no sucumbir a la solícita tentación de «Morfeo». Entonces los abro y los cierro, y juego con la luz, y juego contigo, y juego con los fármacos —dichoso «Valium»—. La droga provoca, en última instancia, unos paréntesis sobrevenidos que, tras el descanso necesario, me dejan vivir así…, justamente como yo quiero, siempre cerca de ti, siempre soñando… «despierto».