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La pared de hiedra
Me detengo ante la pared de hiedra. Algunas estrellas brillan todavía, pero sobre las montañas el cielo comienza a aclararse. “Nunca te sientas solo”, me decía ella siempre. Vacío la urna y el contenido cae como una cascada, regresa del suelo en una nube polvorienta y empieza a oscurecerse y adoptar una forma antropomórfica. Ante mí acaba irguiéndose la parca, encapuchada con una túnica negra. —Todavía tiene tiempo —dice tras unos instantes —¿Por qué me invoca? —Quien deposite las cenizas de un ser querido sobre la misma hiedra que estas han hecho crecer —recito impertérrito —, tendrá las puertas de la muerte dispuestas para reunirse con su allegado. —Ah, sí, perdóneme. Figuro en tantos rituales que a veces se me olvidan. Adelante, ella le espera. Alza levemente una mano de huesos pálidos y las hojas de hiedra comienzan a formar la entrada a un túnel oscuro. Respiro hondo y cruzo el umbral.