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La mujer del boticario
Algunos jueves, al terminar nuestra jornada en la fábrica, nos dirigíamos a casa del boticario. Nada más llegar Ernestina, su mujer, aprovechando las cacerías de éste, nos preparaba un brebaje de finas hierbas y nos invitaba a subir a la azotea de la casa. Y desde allí, como en una liturgia de libertad y deseo, divisábamos a lo lejos la estación de tren. Un día de enero, Ernestina desapareció sin dejar rastro. Días después la policía encontró sus zapatos sobre las vías del tren, cerca de la estación. Y mientras todos en el pueblo lloraban el luto del boticario, yo me sentía feliz:Porque sabía que Ernestina viajaba, por fin, en algún tren, aunque fuera descalza.