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La misión.
Abandonados en un desierto nevado, cuatro hombres, casi niño uno de ellos. Arrojados desde un avión, del ruido atronador e insoportable de los motores, al vacío absolutamente silencioso. La hostia del salto, el balanceo de un paracaídas ingobernable, el frío intensísimo… y un aterrizaje entre la nada. Qué miedo y qué angustia. Y el dolor de abrir camino entre la nieve, hundido hasta más abajo de las rodillas. Y casi veinticuatro horas de inmovilidad absoluta tumbado boca abajo sobre una nieve cada vez más fría. Y no dejarse morir así, llevado del sueño placentero. Y disparar desde casi cuatrocientos metros a un semejante al que no conocía de nada, pero del que ya nunca olvidaría el semblante, visible aún a semejante distancia. Y percatarse de que nadie les recogería nunca, trampa criminal. Y vivir. Vivir mientras, buscando una vía de escape, veía con espanto morir a dos de sus compañeros, cadáveres con ojos incrédulos, tan aparentemente vivos... Comer lo que fuese: hojas apergaminadas que no habían caído con la nevada, raíces, el lujo de un insecto, el manjar de una gallina robada... Y llegar salvo a un hogar que nada sabía, ni quería saber. Y verse horrorizado en un espejo, imagen de cadáver... Seguir viviendo, una vez más, para volver a morir con cada nueva lucha. Morir un poco cada vez que arrebataba una vida. Y saber que, aquí, se lloraba por un perro, se pitaba por un segundo en el semáforo... Sociedad insoportable que no le dejaba empezar una vida nueva, una vida...