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La madre huérfana
Había seguido con su trabajo, como si no, como si nada, pero sí. Había seguido con sus botas y sus guantes de goma abriendo pescados, destripando pescados, descabezando pescados y envolviéndolos limpios, asépticos, entregándolos con una sonrisa dolorosa. Como toda la vida ella se quedaba con las tripas, con las cabezas, con las escamas. Y cualquiera veía que últimamente mostraba mucho ímpetu a la hora de empuñar las tijeras, de fracturar raspas, de extraer las entrañas, pero es que él no estaba hacía una semana y ella no quería saberlo del todo. El día en que comenzaron la búsqueda desesperada, intuía el final. Fue su hermana la que sugirió la casa de los abuelos. La casa, membrillos fragantes, historias a la luz de la luna, juegos de cartas a la sombra del moral, cuerpecillos escurridizos y brillantes como sardinas regados con la manguera del jardín, calor, risas, vida. La casa semiabandonada que ahora solo se habitaba en Navidad y algunos fines de semana. Nunca habría imaginado que volvería a la casa del pueblo a morir pero allí lo encontraron, tan joven, tan bello, tan inocente, acurrucado por el frío o el dolor. Solo el brazo de venas abultadas era viejo, caduco, acartonado, pero su cara, sus largas pestañas de niño grande, esa boca semiabierta, quizá esperando la teta que pedía cuando sentía miedo, seguían siendo las del bebé que por primera vez tomó en sus brazos emocionados. “Toma mi teta seca, niño mío” le rezó en silencio antes de que la separaran de él para siempre.