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La esperanza es un fósil que florece
En noviembre de 1912 un grupo de rescate halló los cadáveres de Robert Falcon Scott, Henry Bowers y Edward Wilson. Los tres cuerpos congelados estaban en sus bolsas de dormir en una tienda verde que resaltaba en la blancura de la Antártida. La muerte sorprendió a Scott y sus compañeros luego de su fracaso: Roald Amundsen se les había adelantado en la conquista del Polo Sur. En el camino de regreso a la estación que nunca alcanzaría, la partida de Scott se detuvo en el glaciar Beardmore. Esa fue su perdición. Junto al cadáver de Scott se localizó, además de su diario y algunas cartas dirigidas a su mujer y a las familias de sus compañeros, un trineo en el que reposaban 16 kilos de rocas con fósiles del Paleozoico tardío descubiertas en el glaciar Beardmore. Scott y sus coexpedicionarios arrastraron las rocas a lo largo de 645 kilómetros. Las prefirieron por encima de la comida, que se acabó. Las rocas no se convirtieron en pan. Contenían hojas y tallos de un tiempo perdido. 645 kilómetros de frío antártico. 16 kilos de rocas. Tres cadáveres congelados. Un trineo. Un diario escrito por una mano que desfallece junto a un puñado de cartas cuyo primer lector será el viento gélido que sopla en los confines del orbe. El fracaso de Scott y sus compañeros es en verdad un triunfo secreto: su expedición logró rescatar un trozo de historia. ¿Qué son los fósiles de hojas y tallos tomados del glaciar Beardmore sino la prueba de un mundo en el que alguna vez floreció la esperanza?