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La espada y la palabra
Asediado por imperios muchos más prósperos y poderosos, el Rey Salomón temía que su pobre reino muriese con él y pensó cómo perpetuar su legado. Recurrió así al por entonces todavía novedoso alfabeto, hasta ese momento una misteriosa y secreta tecnología exclusiva de los sacerdotes para narrar gestas de dioses y héroes, para ensalzar su propia persona y a su pequeña y débil nación. Y he aquí que hoy nadie recuerda a los ejércitos que cien veces le vencieron ni a aquellos magnos reyes tragados por las arenas de los siglos. Sólo él, el eterno perdedor, es hoy recordado como el eterno sabio; pues la historia no la escribe el vencedor como dicen vanamente las gentes, sino aquel que mejor la escribe y la lee.