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La costurera
Más de cien veces se la había cosido ya, pero él nada, continuaba perdiéndola cada dos por tres. Desde el día que se conocieron, apenas unos niños, había seguido siendo un desastre encantador. No podía evitarlo, le decía, se le desprendía casi sin darse cuenta, y más de una vez la había creído perdida para siempre, aunque al final acababa encontrándola escondida detrás de una puerta, o metida entre las rendijas del parqué. Entonces ella enhebraba paciente su aguja y se la volvía a coser con esmero, con doble puntada, con hilo de pescador, por el derecho y por el revés… Ciertamente ella le había dado estabilidad cuando se casaron. Le había, como quien dice, amarrado al suelo. Pero así y todo él seguía desapareciendo de tanto en tanto con sus amigos de la banda esa de su pueblo: los niños perdidos o noséqué, se hacían llamar. Aún hoy, encanecidos y arrugados, con algunos dientes de menos y algunos achaques de más, se pasaban horas donde siempre, en el bar La Cueva, recordando las aventuras de los viejos tiempos. Aquella bruja bajita y flacucha, pequeñísima, también solía pasar por allí, revoloteando, todavía buscándole aunque ya se había casado y enviudado tres veces. Pero a la costurera no le importaba, porque sabía que siempre había sido la única para él. Desde aquella ocasión en que él entró volando por la ventana y ella le cosió su sombra por primera vez.