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Generación del XXI
Ella me dice que he perdido la cabeza, que mis suspiros se cuentan por miles y mis inhalaciones por cientos. Yo siempre me justifico diciendo que me encuentro a dieta de aire, que mis pulmones ansiosos acumulan más del que necesito, que me asfixia lo lleno y no el vacío. Y entonces ella, que me raciona el oxígeno desde nuestra primera cita, siempre se marcha con mis espiraciones en su oído, el izquierdo, el que mira hacia mi lado de la cama. Cuando se cansa de sentirse constelación y vuelve para ser mi estrella, yo, que soy planeta emocional, recupero mi atmósfera y su oxígeno. Eres tan imprescindible como las sábanas en invierno, me dice, pero como las sábanas en verano prescinde de mí. Y yo le doy la razón por no darle la espalda porque ya una vez me empujó por las escaleras de una torre, por el hueco de un ascensor, pero al llegar abajo allí estaba, con una excusa en los ojos y una caricia en las manos. Su crueldad a veces me inquieta. Tiene un don especial para hacerme pensar que allá donde vaya necesito de ella, aun sabiendo que la necesidad es un fantasma que acecha sólo cuando la tengo cerca. Una vez al mes me regala un verso de agua salada que recorre cada una de las llagas de mi boca. Ella lo llama beso, o incluso amor; yo lo llamo poesía en la Generación del XXI.