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Frío y calor
María enciende el brasero, y el olor le recuerda a su infancia. En aquellos tiempos, en invierno, le gustaba envolverse en los faldones de la mesa camilla, cerca de la única fuente de calor que la mantenía alejada de las tiritonas que producía el viento del campo al parar de jugar y correr. Ahora, sin embargo, María es anciana, y el frío del invierno nunca la abandona. Hace ya años que la pensión de viudedad no pasa de ser un dinero simbólico, insuficiente para el coste de la ciudad en la que ha trabajado toda su vida adulta. Comer y vestirse, poco más se puede; el lujo de la electricidad hace ya tiempo que no es asequible. Así que han vuelto el brasero, la mesa camilla y las chaquetas de lana para lidiar con la baja temperatura nocturna. Esa noche, cuando al fin María consigue conciliar el sueño entre temblores, una chispa prende el faldón de la mesa camilla. Sin llegar a despertar, es el calor el que se la lleva.