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En primera fila
Días más tarde, la escena del crimen: una bañera, no hay agua, ni cortinas, sólo él dentro, en pelotas, tan blanco como el material del recipiente que contiene su cuerpo. La puerta del baño abierta, al otro lado oscuridad. Se oye algo, un ruido, una cerradura, pasos, alguien que pronuncia su nombre. Es un hombre, entra y le asesta una cuchillada. «Por los viejos tiempos, Ismael». Dice el tipo, deja caer el cuchillo al suelo y se marcha. Sangre. No hay dolor, tan sólo perplejidad en los ojos de la víctima. Después, otra vez pasos, una chica con trenzas vestida de colegiala, con una expresión triste, inocente, pura, le clava una navaja en el otro costado, la deja con cuidado en el pavimento y se va. Sangre, no duele, sólo la incógnita. Acto seguido, tacones, una mujer con medias de malla y vestido de cuero negro, lleva en la mano una bolsa del súper. Le araña el pecho jugando a seducirle con interminables uñas rojas de porcelana, limadas en punta. Le sonríe, saca de la bolsa una daga y la hunde a la altura del esternón de Ismael; la daga cae al suelo y la mujer desaparece. Entra un niño, con el pelo revuelto, inquieto, y los ojos llenos de preguntas. «Adiós, Ismael, te quisimos». Le dice y le asesta una cuchillada, la última, en el pecho. Tira el cuchillo y sale corriendo. Más sangre, sangre que no duele. Dos cuchillos, una navaja y una daga brillan sobre el mármol grisáceo del suelo. Frío, silencio, miedo. Ismael se ríe a carcajadas, la escena le ha puesto a cien.