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El viaje
Liliana era locomotora. Se conocía todas las vías de memoria, las estaciones, los cambios de aguja y los revisores. Era una de las más rápidas y todos los vagones se peleaban por acompañarla, porque Liliana era veloz, y soñadora. Ella observaba a los pasajeros en silencio y jugaba a adivinar su destino, su historia y qué guardaban en la maleta. Era feliz, o al menos, lo parecía. En su interior, Liliana, soñaba con ser libre. Envidiaba a los aviones que podían moverse sin estar condenados a aquellas vías férreas que dirigían sus pasos de estación en estación. Liliana quería ir más allá: quería ver el mar. Tocar la arena, oler la sal, escuchar el rumor y descubrir qué guardaba bajo las olas. Una noche, cuando todos dormían, Liliana se fugó. Siguió la vía hasta el punto más cercano al mar y descarriló su enorme cuerpo. El dolor fue espantoso. Una de las ruedas se desencajó al instante, el costado resbaló por la pendiente y numerosas grietas se abrieron en el metal; pero ella continuó rodando ladera abajo. Podía verlo. Cada metro era más difícil avanzar, la maleza se enredaba en su mecanismo, pero no cejó en su empeño de llegar a la arena. Se hundió. Ya no pudo continuar. El mar a solo unos metros. Y ella allí. Enterrada. Magullada. Dolorida. Rompió a llorar ante la inmensa belleza turquesa en una mezcla de alegría y desesperación. Lo había hecho. Su recorrido había terminado. Y allí, tan lejanamente cerca, el mar.