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El secreto
De pequeño pasaba todas las tardes en la huerta en la casa de su abuelo. Cuando salía del colegio corría con los perros, saltaba por las acequias y construía espadas de madera con las herramientas de carpintero que tenía en la polvorienta cuadra que usaba como taller. Pasaron horas y horas juntos, felices en aquella estancia húmeda y mal iluminada con el suelo lleno de serrín hasta que un día de invierno el carácter del viejo cambió y le prohibió terminantemente pasar a su carpintería bajo ningún concepto. Dejaron de ser compañeros de juegos y se distanciaron. El abuelo pasaba tantas horas encerrado en su taller que el niño llegó a pensar que había hecho algo malo y que ya no le quería. O que guardaba en la cuadra un terrible secreto. No entendía nada y ya no quería visitarlo tan a menudo hasta que el día de Reyes el anciano le recibió con una maravillosa máquina de pinball tallada a mano con sus gomas para que rebotaran las bolas, sus mandos hechos con pinzas, su muelle y su cristal a medida cubriéndolo todo. El abuelo jamás confesó y el niño nunca quiso preguntar y así jugaron felices durante años compartiendo su secreto.