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El pueblo
Hoy he visto mi pueblo reflejado en la culebrilla que se me ha cruzado en el bicicarril; en la posición de los brazos de un anciano, anudados a la espalda, mientras observaba cómo un avión atravesaba el cielo; en el vestido de flores que llevaba Charo, la mujer de la limpieza que canta copla mientras te pasa la fregona por los zapatos para que te vayas de la oficina; en el olor a mierda de perro que me ha acompañado desde el parque hasta la fuente; en la nota de la vecina, pegada en mi puerta, para avisarme de que mi madre había venido sin las llaves de casa, pero que no me preocupase, que tenía mis “túpers” guardados en su frigorífico. Han sido tantas las señales en unas pocas horas que he olvidado los motivos por los que hace años abandonamos el pueblo y, en pleno ataque de nostalgia, me he apresurado a meter en la mochila el GPS y un par de mudas. Después de más de tres horas de carretera, en las que el ancho ha ido menguando progresivamente y el asfalto haciéndose más correoso, he enfilado el camino de tierra con chopos a ambos lados. Mi memoria empezaba a vestir de adobe la imagen que se me mostraría al virar en el cruce, y ya me preparaba para esquivar algún rebaño de ovejas, pero, tras el nombre oxidado de la señal, allí no quedaba nada.